Sin solución

Todo estaba perfectamente ordenado. Sobre la encimera de la cocina había papeles y alguna que otra carta todavía sin abrir.

Encendió la cafetera y buscó una cuchara en los cajones, le gustaba tomarlo con un terrón de azúcar, sólo, sin leche.

Hacía frío y el viento se colaba por los resquicios de aquellas viejas ventanas de madera.

¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez que estuvo allí? Posiblemente una eternidad. Ya daba igual.

Con la taza del café en la mano, ahuecó unos cojines rojos y se sentó frente a la chimenea. El fuego calentó sus doloridos huesos más no así su corazón.

Aquella pequeña casa en el campo había sido testigo mudo de sus primeros años; recordó el día que se marchó para no volver, aquel día fatídico en que le pusieron las maletas en la calle.

Fue tal su rabia que nunca miró atrás…hasta que le llegó la noticia.

-¿Es usted Adrián Gonzalez?

-Sí, soy yo, quién es.

-Verá Adrián soy el abogado de sus padres, tengo que comunicarle que han sufrido un desgraciado accidente…han muerto.

Adrián sintió un golpe seco y feroz, un golpe que había temido muchas veces, un golpe que su imaginación había recreado hasta hacerle desesperar.

Ahora, ellos ya no estaban, ya nunca estarían y sintió que parte de su ser se iba con ellos para siempre.

Las preguntas acudían a su mente con insistencia, insolentes, bravuconas y malcaradas. ¿Por qué nunca cedió a sus súplicas? ¿Por qué no pudo perdonarles? ¿Por qué no se dejó llevar por sus sentimientos y los reprimió hasta ahogarlos en el lago negro de sus desconsuelos?

-Adrián ¿está usted bien?

-Si…bien, dígame dónde podemos vernos.

Colgó el teléfono y dando tumbos llegó hasta la ducha. Lloró desconsolado, se secó y se puso unos pantalones azul marino y un polo gris, metió una muda en una pequeña bolsa de viaje y reservó el primer vuelo.

Ni siquiera llegó a tiempo de darles un último adiós tal era la distancia.

Sus ojos escrutaron minuciosamente cada objeto de la estancia, la vieja mecedora de mamá, la pipa de su padre apoyada sobre una mesa redonda, la estantería de libros, el tocadiscos, el reloj de pie, las cortinas de colores, el sillón blanco…todo estaba como lo recordaba, nada había cambiado, ironías de la vida, y nada sería nunca igual.

Moraleja: No dejes para mañana lo que tengas que arreglar hoy 🙂

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5 thoughts on “Sin solución

  1. Cierto pero en algunas ocasiones, el orgullo nos puede tanto…hay veces que tenemos heridas que no cicatrizan pero cuando es familia o personas cercanas que en su día significaron mucho o estuvieron con nosotros, el orgullo se va por alguna circunstancia determinada, algún recuerdo…ahora es una buena época para acordarnos del perdón. Gracias por ponernos experiencias que nos hacen ver circunstancias reales y nos hacen pensar. Un abrazo!

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  2. Hay cosas que no esperamos que ocurran, y luego ya es tarde. Tu frase final es la que no debemos olvidar. Un abrazo

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  3. Qué razón tienes, y qué difícil es algunas veces. Vamos a ver que se puede hacer… hoy.
    Gracias por recordarlo.

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  4. No sabes el apuro que me entra cuando leo cosas como lo que has escrito. Qué cierto, Luisa. Siempre confundiendo lo urgente con lo importante…
    Un beso, fuguilla.

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