La decisión de Sofía que salvó a Irina

Una hermosa mañana del mes de abril, las luces del alba encontraron a Sofía completamente despierta y agitada.

El mundo de las emociones es tan misterioso como profundo es el océano, tan inexplicable como un enigma sin resolver, tan tempestuoso como las olas cuando rompen con furia en el malecón. Pues así estaba Sofía.

Después de una noche insomne y tras una larga y sentida reflexión, llegó a la conclusión de que se dejaría llevar por lo que inevitablemente estaba a punto de suceder. En cierto modo se alegró al sentirse liberada de la responsabilidad que supone tomar una última decisión, la suerte estaba echada y solo podía seguir el cauce del río en busca de aguas saladas.

Desde pequeña, Sofía había sido excesivamente complaciente. Una niña bonita, de belleza singular, de largos cabellos, rubios como el trigo en los campos de Castilla, con unos ojazos color avellana capaces de penetrar en los pensamientos ajenos, de sonrisa presta y ademanes delicados.

Era la ternura su principal atractivo; sin apenas decir palabra, ya robaba la sonrisa de propios y ajenos. Sofía, que tenía sus propias ideas, terminaba cediendo a las voluntades ajenas por el simple hecho de no contrariar, por no herir, por no crear tensiones, por complacer. Era una niña encantadora.

Los años la habían moldeado y las experiencias vividas necesariamente le habían enseñado a decir palabras sencillas pero fuertes como “no” o “basta”.

Quienes habían conocido a Sofía desde la cuna, de alguna manera se sentían asombrados ante el nuevo giro que había tomado su personalidad, más decidida, más fuerte, más segura, más concreta, más directa, nada maleable. Seguía manteniendo su belleza infantil pero ahora estaba engalanada por el paso del tiempo que la hacía más atractiva; se había
convertido en un hermoso cisne, una mujer espléndida, de convicciones férreas y ademanes afectuosos.

Los rayos de sol que se filtraban por la ventana terminaron de sacarla de sus pensamientos, saltó de la cama y mientras se hacía el café, se dio una ducha rápida, eligió unos pantalones blancos de algodón, una camisa estampada en tonos azules y unos náuticos un poco desgastados que aún se veían bien. Iba a ser un día largo y necesitaba estar cómoda. A Sofía le gustaba ir guapa pero huía de la sofisticación y la incomodidad que llevaba aparejada.

La practicidad en todos los ámbitos de la vida le parecía el mejor camino, el más recto y el más auténtico.

Distraídamente se llevó el café a los labios.El desayuno era para Sofía su momento.

La radio informaba de la actualidad y Sofía, al tiempo que desayunaba, tuiteaba y contestaba los WhatsApp que le habían entrado desde que la noche anterior apagase la conexión a internet, porque tenía costumbre de desconectarse cada noche y solo dejaba el móvil operativo para recibir llamadas. Sus padres eran mayores y siempre que surgía alguna urgencia recurrían a ella.

Ser hija única no había sido fácil. Sus padres habían puesto demasiadas expectativas sobre ella y le había pesado sobremanera. Su madre había soñado con tener familia numerosa, le encantaban los niños y habría querido tener muchos, pero las leyes de la naturaleza no habían sido de la misma opinión, así pues, Sofía se había criado sola y era ella quien atendía a sus progenitores en esa fase de la vida cada vez más próxima a la meta.

Afortunadamente gozaban de buena salud y tenían un carácter vital que les hacía la vida más llevadera a todos. Hija mía-le decían-mientras hay movimiento hay vida. Y allá que se iban de escapada a algún lugar del planeta o se matriculaban en clases de dibujo o ayudaban en Cáritas, que siempre necesita manos generosas.

Terminó de desayunar y rebuscó en el bolso, comprobó que lo llevaba todo, y sin más dilación cerró la puerta de casa con doble llave y bajó al garaje en busca del coche.

La ciudad de Málaga era de tráfico intenso y distancias largas pero Sofía era buena conductora y diestra en el arte de sortear vehículos. Aquella mañana primaveral, los planetas se alinearon y atravesó la ciudad de punta a punta y en unos veinte minutos llegó a la universidad a tiempo de aparcar y entrar en clase.

Todavía podía sentir cómo le habían temblado las piernas su primer día de clase, el sudor de sus manos, la falta de oxígeno en los pulmones y esa sequedad en la boca. Ahora, cada vez que rememoraba ese instante, sonreía relajadamente. Apenas había pasado un año desde que ganó la cátedra.

Su decisión de dedicarse al periodismo costó un enorme disgusto en casa ya que sus padres ansiaban que su hija fuese médico pero ella sentía verdadera pasión por la comunicación. Compaginaba un programa de radio y una columna diaria en un periódico de tirada nacional, con sus clases en la universidad. Tenía capacidad para transmitir con ardor aquello de lo que sabía y que amaba y sus alumnos se habían contagiado de ese entusiasmo.

Así las cosas, Sofía disfrutaba plenamente de su trabajo y se sentía la mujer más afortunada del mundo, si no fuera por…

Apartó de su mente aquellos pensamientos y dedicó el resto de la mañana a impartir sus clases, siempre elaboradas, detalladas y dinámicas.

Estaba en la cafetería con Andrés y Enrique, compañeros del Departamento, cuando le sonó el móvil:

-Dígame.
-¿Sofía?
-Sí, quién es.
-Escúcheme atentamente. c/Calandria esquina Echegaray. A las 4 en punto.

La palidez acudió a su rostro pero se sobrepuso con entereza y tras inventarse una excusa se despidió de sus compañeros y se fue rápidamente. Necesitaba estar sola.

Lo que tenía que pasar era absolutamente inevitable…

Estaba a punto de cometer una ilegalidad pero no tenía otra opción. No quería implicar a nadie de su entorno y obviamente, no podía acudir a la policía; y ,desgraciadamente, la burocracia en España era desesperante. Para cuando pudiese reunir todos los papeles ya sería demasiado tarde.

La vida de una niña estaba en juego y, aunque la decisión final le había llegado en forma de ultimátum, ciertamente estaba dispuesta a correr el riesgo y asumir aquella carga. Después vendrían las preguntas, las explicaciones a la familia, la legalización de una situación tan irregular, pero tenía buenos contactos, gente influyente que podría echarle un cable si las cosas se ponían muy feas. De momento, lo único que le importaba era aquella niña.

La historia de Irina le llegó a través de un compañero de la radio que era técnico de sonido , Rafa, que había ido un mes a Uganda con su esposa en ayuda humanitaria. A su vuelta le contó la situación caótica que estaban viviendo los ugandeses y las condiciones deplorables de salubridad en que se encontraban. Le puso al día sobre la mafia que había para traer ilegales a España, cómo traficaban con seres humanos y el escaso valor que tenía una vida allí.

Rafa le enseñó la foto de una pequeña de tan sólo tres años que se había quedado huérfana y que estaba condenada a ser una esclava sexual apenas alcanzase a desarrollarse, o incluso antes. El rostro de aquella niñita, tan triste, con esos churretes y ese cuerpecito desnutrido, cautivaron a Sofía y ya no pudo, no quiso, apartarla de sus pensamientos.

Denunció la situación en radio y prensa, pero hizo mucho más que eso, viajó a Uganda y se empapó del dolor y la pobreza de aquel pueblo oprimido y supo que ya no tenía marcha atrás.

El primer paso que dio fue acudir a las vías políticas y jurídicas para formalizar una adopción, la adopción de Irina, esa hija que no había podido tener con Sergio, su marido, y que tanto habían deseado. El trágico accidente de moto arrolló la vida de Sergio y truncó los proyectos y anhelos que habían planeado juntos, entre ellos, tener hijos.

Tras largas y penosas gestiones, todo resultó ser infructuoso y la única opción que le habían ofrecido es que esperase un mejor momento político. Cuando se produjese un cambio de gobierno en el país africano, posiblemente se normalizarían las relaciones diplomáticas y a partir de ahí, podrían volver sobre el tema de la adopción con mejores resultados.

Para Sofía aquella espera era inadmisible, la vida de Irina estaba en juego, la niña tenía derecho a un hogar y ella estaba dispuesta a dárselo. No permitiría que la torpeza de los adultos fuese la causa de su desgracia.

Así pues, hizo algunas llamadas, acudió a citas con gente turbia en lugares poco recomendables, tiró de talonario y finalmente cerró el trato. Le entregarían a la niña, el día lo habían fijado ellos, Sofía sólo tenía que acudir a la cita, después ya vería cómo resolver los problemas que iba a generar su decisión.

Eran las tres de la tarde. No era capaz de comer, tal era su estado de nerviosismo ¿Saldría todo bien? ¿Y si se echaban atrás? ¿Y si no se presentaban en el último instante?

Pidió otro café. Estaba sentada en una terraza de calle Larios, todavía faltaba una hora para el encuentro pero, cuando la impaciencia nos mata, el tiempo se paraliza y eso fue lo que hizo que aquella fuese la hora más larga en la vida de Sofía.

Cuando dieron las cuatro en el reloj Sofía estaba en el punto señalado. Miró a un lado y a otro con cierta ansiedad y de pronto, bruscamente, apareció de la nada un Toyota negro con los cristales opacos que frenó unos metros más adelante.

Sofía se acercó al coche y un hombre blanco, de complexión atlética, de rasgos latinos salió llevando de la mano a la pequeña. Se la entregó sin mediar palabra, subió al coche y arrancó a toda velocidad.

Y ese fue el primer instante que Sofía e Irina compartieron como madre e hija. La pequeña estaba asustada y pellizcaba nerviosamente una muñeca de trapo que sujetaba con su manita. Sofía se estremeció ante la fragilidad de la niña.

En ese momento aún no sabían lo que estaba por venir, no imaginaban cómo se iban a querer, ni las alegrías que estaban por descorchar. Un mundo apasionante se abrió ante los ojos de aquellas dos personas que nada tenían en común salvo la necesidad de amar y ser amadas.

Hubo que superar incontables escollos administrativos para legalizar la situación de Irina, después vinieron las dificultades de la adopción y curiosamente, lo que menos le costó fue que sus padres aceptasen su decisión; su nueva situación de abuelos, les hizo inmensamente felices.

Irina creció sintiéndose muy querida y tuvo la capacidad de aprovechar el regalo de la vida, regalo que compartió con su familia, a la que vio crecer alegremente con la llegada de nuevos hijos al matrimonio que forjaron Sofía y Julián, el hombre que se casó con ella dos años más tarde y que quiso a Irina como solo un padre sabe querer a una hija.

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