Pablo Ráez, un ejemplo

Reconozco que Pablo Ráez me robó el corazón en el minuto cero.

Su enfermedad, leucemia, ha sido instrumento para que las donaciones de médula se hayan disparado en cifras espectaculares. Pablo se empeñó en que así fuera, ha sido parte de su legado, algo realmente hermoso que ha conseguido para bien de los otros, los que vendrán detrás de él.

Su muerte me sorprendió a la hora de acostarme el sábado y desde entonces le tengo muy presente, especialmente presente.

Hoy he sabido que Pablo se acercó a la Iglesia con catorce años, quería bautizarse.

Después de un tiempo de acercamiento y formación, Pablo se bautizó, recibió la Confirmación y la Eucaristía.

Dice Pablo en el vídeo que os dejo, que el sacerdote que le bautizó ha sido una de las personas más cercanas en esta dura batalla y entiendo que habrá recibido todo el consuelo espiritual que una persona necesita para encarar la muerte con tanto valor, con tanto coraje, con una sonrisa tan franca como la de Pablo.

Si podéis, dedicadle un ratito a ver el vídeo. Como mínimo sentiréis la fuerza y la esperanza que transmite este chaval marbellí, grande, que ha luchado hasta el último aliento.

Pablo, que el buen Dios te bendiga y que la Virgen te acune en el Cielo, no pierdas la sonrisa, ahora con mayor motivo. Gracias campeón, me has emocionado.

Cómo gestionamos el dolor

¿Cómo gestionamos el dolor? Distingamos entre dolor físico y moral y centrémonos en el dolor moral, el dolor espiritual o el dolor emocional, llamemosle como queramos.

Cada quien es cada cual y lo que está claro es que no podemos baremar el dolor ajeno según nuestra sensibilidad porque el dolor es personal e intransferible.

Mientras que unos se encierran en un mutismo absoluto, otros buscan el consuelo en la charla con un amigo; mientras que unos tienen la capacidad de zanjar un asunto amargo, darle carpetazo y no volver sobre él, otros rondan la dolorosa idea en círculos concentricos hasta el agotamiento.

El dolor es abstracto y cada quien tiene su propio umbral, para expresarlo podemos hablar de niveles pero en ningún caso es posible entender el dolor ajeno, de la misma manera que es difícilmente explicable el dolor personal.

Para resolver una situación dolorosa podemos emplear distintos recursos pero no es menos cierto que a veces sencillamente no hay recursos que aplicar y ahí es donde entra la consabida frase de que el tiempo lo cura todo.

Pues bien, todo esto lo escribo para afirmar que el tiempo no lo cura todo, obviamente mitiga el color, lo ensombrece, lo disipa y si queréis lo camufla, pero no desaparece, entre otras cosas, porque normalmente no curamos bien las heridas, bien por imposibilidad personal, bien porque necesitamos ayuda que no recibimos, bien porque no somos capaces de pedirla o porque una vez pedida se nos niega.

Quiera como sea, el tema está en que, visto lo visto y andado lo andado, no seré yo quien pueda calificar o despreciar el dolor ajeno.

La pregunta es:

¿Tú qué opinas?

De rodillas

Entro en la clínica universitaria de Pamplona, obra corporativa del Opus Dei.

Voy al encuentro de J.E., al que no conozco personalmente, pero es hermano de una amiga mía y esa es la razón que me impulsa a cruzar las puertas del hospital, preguntar por el número de habitación y finalmente entrar donde está J.E. que, lógicamente, se sorprende de que yo sepa quien es.

Casualmente y en ese instante le llama su hermana, mi amiga, por teléfono. Ella le dice y él me comenta:

-Dice mi hermana que estás loca. ¿Estás loca?

-Por supuesto que sí-sonrío mientras afirmo.

Hablamos un ratito, breve, no quiero cansarle. Me parece que siente dolor pero la conversación le distrae, así que apuro unas frases finales. Es un tío estupendo, encantador y muy guapo, su fe serena le hace especial. Le dejo un par de “encargos” para que rece y me marcho con su rostro en mi retina.

Conforme voy recorriendo el pasillo en dirección a la calle, pienso que estoy en un templo del dolor y que tendría que ir de rodillas, tal es el respeto que me produce.

No encuentro sentido al dolor y a la enfermedad más que desde los ojos de la fe, sólo a la luz de Cristo, sólo porque “estamos de paso y estamos en deuda”, sólo porque Jesús murió en una cruz para redimirnos. Sólo así entiendo que el dolor es un tesoro, amargo, que nos purifica y ayuda a corredimir “porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”

Me voy tocada, con el corazón encogido por el dolor porque nunca podemos ser ajenos al dolor del otro, me voy con la oración en los labios “Madre mía…”, me voy con un inmenso respeto, debería salir de rodillas. Me cruzo con otros enfermos mientras alcanzo la puerta y de alguna manera me siento culpable: ellos se quedan y yo me voy.

Qué misteriosa es la vida y qué insondable y qué breve es el tiempo para amar.

Andamos siempre regateando a Dios, jugando al despiste, huyendo como auténticos insensatos, dejando pasar las oportunidades que se nos presentan, a veces en forma de lectura, a veces por un encuentro casual, sea como sea, Dios pasa a nuestro lado, está en la belleza pero también está en las personas y en J.E y en el dolor. Ante este misterio me siento insignificante y creo que debo ir de rodillas y rezar más y quejarme menos y valorar tantas cosas fantásticas que la vida me ofrece…

Mientras vivimos nuestra personal existencia, Dios nos espera pacientemente y nuestros hermanos nos necesitan, a veces sólo como una fugaz visita, a veces como una sencilla oración…

De no ser por la rareza del hecho y porque nadie podría haberme entendido, yo, después de estar con J.E, habría salido del templo del dolor de rodillas.

Por supuesto que os pido que llevéis en vuestras oraciones a J.E. y si no tenéis costumbre de rezar, bien pudiera ser esta una buena ocasión para retomar aquellas oraciones que seguro aprendimos de labios de nuestros padres.

Una noche de hotel

Estamos en la terraza del hotel una noche de verano.

Testigos del relato, cinco mujeres que no se conocen de nada.

Nos cuenta-llamemosle Ana-cómo ha sido su conversión.

Lo hace con los ojos bajos, con la voz entrecortada, con las lágrimas prestas.

Ha vivido un matrimonio desgraciado donde ha sufrido palizas y vejaciones desde el minuto cero.

A Ana le dieron su primera paliza en el viaje de novios.

Perdió a tres de sus siete hijos por la brutalidad del hombre que le juró amor eterno.

A diferencia de muchas personas a Ana nadie le había hablado de la Virgen, nadie le había evangelizado, nadie le hablaba de Dios, y ella no los conocía.

La vida le fue llevando y a día de hoy, Ana, que nunca tuvo el amor de una madre, se sabe queridísima por María, la Virgen María.

-Ella es mi madre-nos decía.

Y fue esa madre buena la que le llevó a Jesús, y pudo sentirlo con la misma claridad con que la luz del sol ilumina un nuevo día.

Ahora es plenamente feliz porque se siente querida y no puede reprimir la emoción cada vez que acude al Sagrario para estar con su Amor, del que ella misma confiesa estar profundamente enamorada.

Curiosamente, misteriosamente, después de años aciagos ha descubierto la alegría de ser hija de Dios.

Su testimonio fue verdaderamente conmovedor y quienes fuimos testigos de su dolor y de su esperanza quedamos profundamente conmovidas.

Particularmente yo sentí envidia sana de su fe.

Todo incluido

Nos vimos a la salida de misa.

Se acercó a saludarme.

-Hola Luisa ¿qué tal?

-¡Hola! Muy bien. Oye, ya me he enterado que has estado unos días de vacaciones…

-Si, es que quería irme a algún sitio de esos que te lo dan todo incluido.

-Claro, claro, y te habrán puesto una pulserita y todo y habrás hecho uso de todos los servicios.

-¡Si!

Entre risas nos hemos despedido.

Esta mujer es un ejemplo a seguir. Madre de cinco hijos estupendos, la menor síndrome de down-una preciosidad- y ahora ella luchando contra un cáncer de mama que la ha tenido hospitalizada unos días.

Para estas ocasiones me gustaría que todos los que llegaseis aquí tuvieseis fe en Dios, entonces yo, os pediría encarecidamente que rezaseis por Laura.

A moco tendido

Las calles de mi pueblo se iluminan cuando llega mayo, se visten con otra luz, desprenden otro aroma, saben a limón.

Amanecen más coquetas, más amigables, más dispuestas a dejarse pasear.

Marta y Felipe salen de casa aunque el sol no ha despuntado; ya son mayores, les va venciendo la edad; él lleva una bolsa en la mano y de la otra agarra a su mujer.

Se le nota un deje de orgullo en el porte, algo así como una expresión de satisfacción y pertenencia. Ella anda con dificultad, arrastra ligeramente la pierna derecha y Felipe, paciente, se adapta a su paso.

Viven en una calle pequeña con cuatro casas contadas y una vieja farola que no siempre alumbra.

Dani está acurrucado bajo el metal luminoso y llora a moco tendido.

Dani, es un niño alegre, practicamente huérfano desde que nació, así que sin quererlo se ha hecho el niño de la calle, el niño de todos, “camaleón Dani”, a veces hijo, a veces nieto, a veces nadie.

Marta se le acerca despacito y le pregunta:

-Pero…¿por qué lloras mi niño?

-Lloro porque hoy necesito hablar y no tengo a nadie-responde entre hipidos.

-¡Pero qué disparate es ese, niño bobo! Cuéntanos qué te pasa.

Poco a poco, la voz suave de Marta, sus cariños y el pañuelo que le presta su marido, sirven para enjugar las lágrimas de Dani.

Rápidamente el zagal desahoga sus cuitas y la soledad huye despavorida y espantada.

Les veo por última vez al doblar la esquina, calle abajo, cogidos de la mano.

Dani se restriega los churretes con la manga de la camiseta,mientras Marta tararea la lista de la compra, porque no quiere que se le olvide nada…

El eco de sus voces me calma.

Dani ha tenido suerte.

Ha encontrado con quién hablar.