Obsesiones de un hombre enfermo

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Corría por el barrio la leyenda sin confirmar de que Andrés era un hombre enfermo, esclavizado por sus múltiples obsesiones.

Dicen las malas lenguas que tuvo un amor que le mató y desde entonces nunca volvió a ser el mismo, pero yo he estado con él y he podido acariciar su alma y he podido desmontar las patrañas que van de boca en boca en el pueblo, hablando cosas inciertas sobre Andrés.

Cierto es que tiene fijación por una idea, la idea de volver a verla, de volver a rendirse a sus abrazos, la insistente, dolorosa y permanente idea de volver en el tiempo y   encontrarse con ella, su único amor. Desde que ella desapareció, él vagó como un pobre loco buscándola cada atardecer, amaneciendo con la sola esperanza de poder encontrarla.

La mujer que le hizo esto, según se cuenta, era tan bella como perversa, tan atractiva y sensual como mentirosa y pérfida y …Andrés quedó atrapado en su tela de araña.

Pero Andrés tiene sus razones para callar y él calla la verdadera historia, lo que queda oculto a la curiosidad de una gente cotilla que carece de sensibilidad para darle la mano a un hombre que sufre y así, mientras la vida pasa, los años pesan y todos envejecen, Andrés sigue recordándola con amor y pasión porque nunca antes ni después su corazón se había sentido más vivo.

La obsesión de éste hombre enfermo bien pudiera custodiar una terrible verdad…quizás algún día me deje contar toda su historia, la historia que desmiente su debilidad.

La pregunta es:

¿Somos obsesivos por naturaleza los mortales?¿O no, o qué?

Foto en blanco y negro

Andrés siempre quiso volver a su pueblo, descubrir sus raíces, ahondar en la verdad, pero no tenía valor para enfrentarse a sus fantasmas, a su pasado, a su historia.

Así, pasaron los días y las noches, sumando años hasta llegar a su decisión última: iría.

La muerte de sus padres había sido el espaldarazo que necesitaba para ponerse en marcha. Temía descubrir los secretos de su familia pero la incertidumbre le estaba asfixiando. En una mochila metió una muda, subió al autobús y decidió echar un sueño, le vendría bien descansar, el viaje era largo y se sentía agotado.

Soñó que volaba, volaba alto, muy alto y cuando perdía altura se impulsaba nuevamente con los pies y recorría el cielo. Allí estaban todos los suyos, los que se habían ido y los que estaban por venir. El sol lucía fuerte, el cielo era azul, no había aire tóxico, ni seres negativos, ni oscuridad.

Cuando el autobús paró, Andrés se despertó y sacó de su billetera una foto en blanco y negro, la miró con intensidad y supo que tenía que encontrar al hombre que aparecía junto a su madre…

La pregunta es:

¿Qué crees que descubrió Andrés?

Sin solución

Todo estaba perfectamente ordenado. Sobre la encimera de la cocina había papeles y alguna que otra carta todavía sin abrir.

Encendió la cafetera y buscó una cuchara en los cajones, le gustaba tomarlo con un terrón de azúcar, sólo, sin leche.

Hacía frío y el viento se colaba por los resquicios de aquellas viejas ventanas de madera.

¿Cuánto tiempo hacía desde la última vez que estuvo allí? Posiblemente una eternidad. Ya daba igual.

Con la taza del café en la mano, ahuecó unos cojines rojos y se sentó frente a la chimenea. El fuego calentó sus doloridos huesos más no así su corazón.

Aquella pequeña casa en el campo había sido testigo mudo de sus primeros años; recordó el día que se marchó para no volver, aquel día fatídico en que le pusieron las maletas en la calle.

Fue tal su rabia que nunca miró atrás…hasta que le llegó la noticia.

-¿Es usted Adrián Gonzalez?

-Sí, soy yo, quién es.

-Verá Adrián soy el abogado de sus padres, tengo que comunicarle que han sufrido un desgraciado accidente…han muerto.

Adrián sintió un golpe seco y feroz, un golpe que había temido muchas veces, un golpe que su imaginación había recreado hasta hacerle desesperar.

Ahora, ellos ya no estaban, ya nunca estarían y sintió que parte de su ser se iba con ellos para siempre.

Las preguntas acudían a su mente con insistencia, insolentes, bravuconas y malcaradas. ¿Por qué nunca cedió a sus súplicas? ¿Por qué no pudo perdonarles? ¿Por qué no se dejó llevar por sus sentimientos y los reprimió hasta ahogarlos en el lago negro de sus desconsuelos?

-Adrián ¿está usted bien?

-Si…bien, dígame dónde podemos vernos.

Colgó el teléfono y dando tumbos llegó hasta la ducha. Lloró desconsolado, se secó y se puso unos pantalones azul marino y un polo gris, metió una muda en una pequeña bolsa de viaje y reservó el primer vuelo.

Ni siquiera llegó a tiempo de darles un último adiós tal era la distancia.

Sus ojos escrutaron minuciosamente cada objeto de la estancia, la vieja mecedora de mamá, la pipa de su padre apoyada sobre una mesa redonda, la estantería de libros, el tocadiscos, el reloj de pie, las cortinas de colores, el sillón blanco…todo estaba como lo recordaba, nada había cambiado, ironías de la vida, y nada sería nunca igual.

Moraleja: No dejes para mañana lo que tengas que arreglar hoy 🙂

Se acabó

Se alejó despacito, calle abajo, las manos en los bolsillos.

Llevaba la mirada cargada de dolor, de impotencia, de llanto, de pena, de traición.

Iba desgarrada.

Pasó a mi lado sin mirarme siquiera.

Hablaba bajito, como haciendo recuento de sus bienes, o como quien relata una novela muy triste.

Según pude oírle, nada le quedaba, ni siquiera una sonrisa con la que pintar la mañana.

Se acabó, se acabó repetía un poco perdida, un poco loca, un poco hastiada.

Dejó su tierra, dejó su gente, dejó su presente y se fue buscando un refugio donde nadie pudiese hacerle daño.

Jodido marzo

¡Jodido marzo!

Este pensamiento le rondaba la cabeza. Marzo estaba a la vuelta de la esquina. Se subió la cremallera de la gabardina, giró en la primera rotonda y dio un frenazo.

A la hora de la verdad el planeta tierra le resultaba insuficiente y  no conseguía tranquilizarse.

No sabía si llegaría a tiempo, ni  quién le esperaba, ni dónde, ni cuándo. Marzo, marzo, marzo…

Notó como la angustia se deslizaba sobre la piel, tapando los malditos poros que se negaban a transpirar.

¿Quién manda aquí?… Oyó que el cerebro recriminaba a los pulmones…y supo que estaba como una regadera.

Decididamente marzo me está importunando.

Furiosamente rebuscó un almanaque y arrancó la página del mes maldito.

Ya está-pensó

Y a partir de ese instante todo empezó a normalizarse 🙂

La pregunta es:

¿ cuál es tu “marzo”?

Quiso morir

Quiso morir pero no pudo. Al fin y al cabo, morir no era tan fácil.

Quiso volver atrás, no haber llegado nunca o quedarse para siempre, pero mientras la incertidumbre le mataba,pisaba el acelerador a fondo.

Volvía a su tierra, con su gente, pero el corazón se quedaba atrás.

¿Cómo podría sobrevivir?

¿Acaso la soledad era una forma de vida?

Despreciado, incomprendido, impotente y desahuciado.

Quiso volver  una y mil veces…pero no pudo.

Sintió la luz cegadora de unos faros y apretó el volante como quien estruja un trapo sucio.

Siguió adentrándose en la carretera y la noche le envolvió con sus sombras,con su tiniebla.

No llegó nunca a su destino.