Obsesiones de un hombre enfermo

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Corría por el barrio la leyenda sin confirmar de que Andrés era un hombre enfermo, esclavizado por sus múltiples obsesiones.

Dicen las malas lenguas que tuvo un amor que le mató y desde entonces nunca volvió a ser el mismo, pero yo he estado con él y he podido acariciar su alma y he podido desmontar las patrañas que van de boca en boca en el pueblo, hablando cosas inciertas sobre Andrés.

Cierto es que tiene fijación por una idea, la idea de volver a verla, de volver a rendirse a sus abrazos, la insistente, dolorosa y permanente idea de volver en el tiempo y   encontrarse con ella, su único amor. Desde que ella desapareció, él vagó como un pobre loco buscándola cada atardecer, amaneciendo con la sola esperanza de poder encontrarla.

La mujer que le hizo esto, según se cuenta, era tan bella como perversa, tan atractiva y sensual como mentirosa y pérfida y …Andrés quedó atrapado en su tela de araña.

Pero Andrés tiene sus razones para callar y él calla la verdadera historia, lo que queda oculto a la curiosidad de una gente cotilla que carece de sensibilidad para darle la mano a un hombre que sufre y así, mientras la vida pasa, los años pesan y todos envejecen, Andrés sigue recordándola con amor y pasión porque nunca antes ni después su corazón se había sentido más vivo.

La obsesión de éste hombre enfermo bien pudiera custodiar una terrible verdad…quizás algún día me deje contar toda su historia, la historia que desmiente su debilidad.

La pregunta es:

¿Somos obsesivos por naturaleza los mortales?¿O no, o qué?

Por qué Carmela no podía respirar

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Carmela no podía respirar; desde muy pequeña, padecía una tensión nerviosa provocada por la leche materna.

La madre de Carmela, Asunción, estaba casada con D. Eusebio, rígido y bigotudo, de calva incipiente, dientes amarillentos y barriga prominente. D. Eusebio era soberbio y envarado y nunca cedía a las razones femeninas; era por tanto, lo que podríamos llamar un machista engreído y estúpido, de esos que abundaron tanto en siglos pasados.

El caso es que su impaciencia y su exigencia enrarecía el ambiente familiar y la pobre Carmela, acabó siendo la víctima de una relación amarga entre una mujer servil y dominada  y un perfecto maltratador.

Con el paso de los años, la buena de Carmela acabó desarrollando todo tipo de obsesiones y dolencias y aunque ella nunca culpó a su padre de su personal debilidad, quienes conocieron bien a la familia no tenían la más mínima duda de que Carmela era defectuosa y asustadiza por la crianza que había tenido.

Cuando alcanzó la edad casadera, Carmela cayó en manos de un don nadie que nunca la supo hacer feliz y, para cuando quiso darse cuenta, ya tenía un hijo enganchado al pecho al que sin duda, pudo transmitirle la misma infelicidad que ella había mamado.

La cuestión estaba en cómo romper tradición tan lastimosa, pero para cuando Carmela pensó en todo esto, el mal ya estaba hecho, una vez más…

Así, finalmente y después de toda una vida carente de oxigeno, la pobre Carmela entregó el espíritu un buen día en que finalmente, definitivamente…no pudo respirar.

La pregunta es: 
¿Conoces a alguna Carmela, a alguna Asunción, a algún Eusebio…?

Mundo, no estoy

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Estaba realmente agotada y necesitaba descansar, era indispensable si no quería sucumbir al desánimo  o a la tristeza.

Pensó en darse algún capricho que le esponjase, buscar un divertimento que le distrajese, regalarse algo bonito que le hiciese sonreír.

Optó por una buena película, se sentaría en su sillón, se prepararía un tentempié y se acurrucaría con la manta blanca que usaba para entrar en calor.

Le ayudaba mucho el silencio ambiental, la soledad física le resultaba indispensable y más que nada, dejar volar la mente a otras realidades, a otras vidas, a otros espacios donde sentir y amar como los protagonistas, siendo ella misma un personaje más.

En ocasiones tomaba justamente la medida contraria, salir a la calle, rodearse de gente y charlar hasta decir basta, pero aquella tarde de otoño lo único que anhelaba era silencio y soledad. Así pues, apagó los teléfonos, fue a la cocina a por la bandeja y le dio al play.

Comenzó la película, con sus títulos, su banda sonora, sus protagonistas y su historia y ella se dejó llevar, echó el candado a sus pensamientos y  entonces…qué descanso.

Dicen que colgando de la puerta de su casa había un cartel que decía: “Mundo, no estoy”…

Entre uno y otro, silencio.

Entre uno y otro, silencio.

Necesito cerrar los ojos, respirar profundo y darme un tiempo para despedirme, para ahuecar el corazón y hacerles sitio. Se alejan de mi vida aunque permanecen para siempre. Se han adentrado en mi, han calado mi piel, han motivado mi cerebro y de alguna forma se han afincado en las estanterías de los recuerdos que volverán como vuelven las olas a la orilla de la mar, refrescarán, salpicarán y seguirán meciéndose para siempre dentro de mí.

Y yo les quiero, los hago míos y los disfruto intensamente, de tal modo que cuando se van, necesito un tiempo de silencio, un espacio entre uno y otro, es mi pequeño homenaje a esos personajes que me han enternecido o me han hecho reír o me han mantenido en tensión hasta el desenlace final.

Cuando rozo las últimas páginas siento melancolía, irremediablemente se van, y sé que los que vienen empujando por detrás también me robarán la sonrisa o me arrancarán la lágrima o me encogerán el corazón, pero…antes de dar paso a una nueva alegría,a mis nuevos amigos con los que compartiré el tiempo de mi vida, antes de eso, entre uno y otro, necesito silencio, necesito espacio para despedirme, mi pequeño duelo…

Y éstos son los últimos que me he leído, por si os animáis.

Soy Pilgrim, de Terry Hayes.

La templanza, de María Dueñas.

La chica del tren, de Paula Hawkins.

El último adiós, de Kate Morton.

Todos altamente adictivos, trepidantes, fantásticos. Me han encantado.

La pregunta es doble:

¿Cómo se puede vivir sin leer? ¿Me dejas algún título?

La verdad de Andrés

Ver Foto en blanco y negro.

Ver Cuando Andrés llegó al pueblo.

Tía Rosa, la entendida, le recibió con los brazos abiertos y le hizo tomar una taza de chocolate caliente con un buen trozo de bizcocho recién hecho. Cumplido así el protocolo de la hospitalidad, tía Rosa le relató lo siguiente:

Cuando tu madre era muy niña tuvo un romance con Julián, el hijo del carpintero.

Al principio todos pensamos que aquellos amoríos de chiquillos no llegarían muy lejos, pero nos equivocamos. Noelia y Julián se querían tanto que su amor se fue robusteciendo, creciendo a ojos de todos como un frondoso árbol.

Pero Julián nunca pudo cumplir su promesa de amor eterno-es el que ves en la fotografía junto a tu madre-Una noche volvía de trabajar, el suelo estaba mojado por la lluvia, la carretera estaba oscura y en una curva, la moto se le fue.

A la muerte de Julián, Noelia quedó destrozada y sin consuelo, pero entonces apareció tu padre que siempre fue un caballero. Supo cortejarla con mimo y respeto y ella se dejó querer por salir de su agonía. Ella nunca le mintió. Es cierto que le quería, pero su corazón seguía atrapado por el amor fallido de Julián, al que siempre llevó en su recuerdo.

A pesar de eso, tu padre, que la amaba locamente, quiso llevarla al altar, la hizo su mujer y le dio una bonita familia.Le regaló una vida feliz Andrés, tu padre fue un ángel para tu madre que acabó rindiéndose al amor generoso de aquel hombre bueno que supo esperar paciente a que ella fuese capaz de amarle.

Quiso el destino que tú te parecieses más a Julián que a tu propio padre, tienes su mismo pelo negro, sus mismos ojos negros, ya sabes que tus padres eran rubios y que en el pueblo corrían rumores, como comprenderás absurdos rumores, inciertos de todo punto, pero a la gente le gustan las historias morbosas y siempre hubo quien vio en ti a Julián. Y eso es todo Andrés, no hay más leña en el fuego.

Tia Rosa me ofreció otra taza de chocolate que acepté de buena gana mientras pensaba en todo lo que me había contado. Así pues, mi padre ¡era mi padre! Esta certeza me tranquilizó. Me vinieron oleadas de recuerdos tiernos, sentí esos cálidos abrazos paternales, y pude comprender al fin por qué ese matiz melancólico en los ojos de mi madre.

Besé a tía Rosa en la mejilla y volví a la Posada de Pepa, me pedí la tortilla de patatas, especialidad del tabernero y sentí que todo estaba en su sitio.

The End 🙂

Cuando Andrés llegó al pueblo

Ver: Foto en blanco y negro

Todo había empezado cuando Andrés tenía la edad de siete años. Con esos años distinguir fantasía de realidad es difícil pero él escuchó con claridad aquellas palabras que le taladraban el alma:

-Noelía nunca le amó, no debió casarse con él. Si Andrés se enterase de donde viene…

Andrés se enteró por aquella fea costumbre que tenía de espiar a las criadas que tenían la fea costumbre de cuchichear en la cocina sobre los pormenores de su familia. Aquella fue la primera vez que se preguntó si  no habría alguna historia secreta que le hubiese sido vetada…

Cuando el autobús paró, Andrés se despertó,guardó nuevamente la fotografía en la billetera, cogió su mochila y de un salto se plantó en la calle, en aquella calle donde tantas veces jugó cuando era un crío.

En el pueblo ya no le quedaban parientes así que alquiló una habitación en la “Pensión de Pepa”, pensión que conocía bien porque su mejor amigo de niño era el hijo de los dueños y sabía de sobra que allí reinaba la limpieza y que la pitanza era rica y abundante.

Dirigió sus pasos por aquellas calles empedradas  y rememoró el olor de la hierba fresca y del pan recién hecho en el horno con el que despertaba por las mañanas.

Había pensado visitar a la tía Rosa. En el pueblo siempre había tenido fama de entendida, digamoslo así. Quizás ella conociese al hombre de la foto.