Cuál es el objeto de una conversación

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Me decía una buena amiga que el hecho de “hablar” es un acto reflexivo que busca un bien, de tal modo que si hablamos con la sola intención de manifestar nuestra superioridad-véase autoridad, inteligencia, fuerza, etc-o peor, con intención de buscar una revancha, un distanciamiento o un mal mayor, nuestras palabras deberían quedar retenidas.

Tengo que reconocer que el pensamiento es elevado: hablar con intención de conseguir un bien. En un mundo parlanchín y justiciero, esta idea puede parecer ridícula o inalcanzable, sin embargo, conozco a personas que solo hablan para ser amables, solo buscan confortar, cuando hablan fluye la paz y transpiran confianza y comprensión.

Luego, pienso en otras que no pueden dejar de atacar o presumir, que además mienten como bellacos y siempre están en posesión de la verdad, aunque su perorata mine los ánimos y quiebre los nervios del más templado.

El lenguaje es una herramienta que puede construir o destruir, depende de qué intención le demos a nuestras palabras, creo que eso exige una gran responsabilidad a la hora de hablar y es que a veces, reconozcámoslo, somos prepotentes e irresponsables y lo cómico o lo trágico es que no tenemos conciencia de serlo.

En las últimas horas el sentir popular, me ha traído a la memoria aquel apedreamiento a un santo, hasta matarlo-¡Dios salve al Rey!-

A veces, las palabras pueden ser mortíferas, entre otras cosas, porque se escupen-permítaseme la expresión que quiere ser gráfica y no ofensiva-con esa intención.

Descendiendo a lo personal se de alguien que va difamándome. Esa persona no sabe que lo sé. Pero yo lo sé. Tengo que administrar ese conocimiento… Sería más fácil si la ofensa sólo me salpicase a mi, pero se extiende a alguien más… y sin embargo, después de hablar con mi buena amiga referida en el primer párrafo, me parece más coherente callar que hablar. La libertad del silencio es muy valiosa, empiezo a pensar que la venganza es para los lerdos, aunque si hablase buscaría hacer justicia…posiblemente, pero también podría dominarme la ira y perdería la razón… pero dejemos a un lado lo personal y vayamos a lo importante, a lo que nos atañe a todos: hablar…¿con qué intención?

Hablar con intención de hacer el bien, me parece una meta difícil pero altamente estimulante.

Hablar para conseguir un bien o callar, ese es el dilema.

La pregunta es:

¿te has planteado hablar con intención de hacer el bien?¿te has planteado callar un poquito?

 

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No esperes nada de mí

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No esperes nada de mí más allá de lo que te pueda dar.

El tiempo y la experiencia nos enseñan a ser más comprensivos con los demás porque somos más conscientes de nuestras debilidades. Por eso, no esperes nada de mí, nada que no pueda darte.

No exijas lo que no está en mi mano darte y no te enfades por ello, no hagas reproches, que son estériles, las cosas no funcionan así. Si llego a tu puerta, abrázame; si te llamo, alégrate; si no lo hago, discúlpame; si me echas de menos, búscame; si no respondo como esperabas, compréndeme; no me hagas sentir mal porque mi vida no da más de sí, o porque yo no doy más de sí, o porque libremente y por las razones que solo yo conozco, no puedo más.

Educados en la sociedad que solo reclama derechos, nos sentimos con fuerza para afear a los demás y si es posible, hacerles sentir mal, y si es posible, que les den viento y se queden con ese amargor..chungo, chungo, que dice la de Asturias.

A veces nos sentamos a llorar, nos sentimos desgraciados, nos lamemos las heridas y esa ceguera nos impide ver que la gente de bien, hace lo que puede y de la mejor manera que sabe. Si acaso, una conversación amable donde se plantee que quizás no lo estoy haciendo bien…o sí.

En cualquier caso, esta es una entrada para mayores de cuarenta, antes de esta edad no creo que nadie entienda de qué narices estoy hablando…o sí.

Definitivamente hay que dejar un margen a esa posibilidad tenebrosa de que podamos estar equivocados…o no.

La pregunta es:

¿Tienes más de cuarenta?

Cuando eres bueno pero pareces necio

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Quedémonos con las tres primeras acepciones de la RAE.

¿No habéis experimentado esa sensación donde cuanto más hablas, cuanto más insistes, cuanto más argumentas más te alejas de expresar lo que realmente piensas? Pero lanzado al precipicio ya no hay posibilidad de frenar la caída, y en el colmo de la estupidez decides estrellarte lo más sonoramente posible. Puede pasar.

Puede pasar que seas bueno pero parezcas necio, puede pasar que te muestres más arisco que un puercoespín y que lo que visualizan los demás es una profunda hostilidad que ni tú mismo alcanzas a comprender. De tal modo que siendo bueno pareces necio, siendo agradecido, pareces ingrato, siendo sentimental pareces frío, duro e insensible como el herbívoro mencionado.

La capacidad de comunicación viene limitada por muchos condicionantes; entiendo que importa mucho irse ejercitando en el arte de empatizar, en la sabiduría que encierra la humildad, en la sencillez de quien se quiere mostrar tal y como es, tal y como es. Pero el ser humano desde tiempos de Adán se ha vuelto rebuscado y soberbio y hace difícil o imposible la cosa más simple.

Por lo tanto y para ir concluyendo sin agotar, creo que si eres bueno debes esforzarte en parecerlo porque de lo contrario, das lugar a que te vean de una manera velada, equívoca y en ocasiones, necia. Y tú no eres así…¿o sí?

Pensando en aquella conversación que tuvieron dos amigas y que yo misma presencié,  fui testigo directo de cómo una parecía atacar, sin tener por qué, y como la otra se dolía, sin merecerlo, y todo porque la primera se expresaba con cierta acritud, con cierta violencia, con aires de desafío que nada merecía quien la escuchaba, la quería y le venía siendo fiel en una amistad ya crecída y asentada. Quizás por eso mismo y por ese exceso de confianza, la primera se expresó mal y pareció necia y la segunda sintió un dolor inmerecido. Por todo eso y porque no quisiera yo ser buena y parecer necia es por lo que tomo buena nota de lo que no debe ser una conversación entre amigas, porque la amistad cuanto más profunda sea más sensibilidad merece y sin embargo, a mí esta sencilla regla de convivencia, a veces, en ocasiones, se me olvida. Entiendo que no se trata de omitir lo que uno piensa, sino de expresarlo con amabilidad y lo más importante, con oportunidad,referida a su primera acepción, claro.

La pregunta es:

¿Crees que la amistad está reñida con un trato delicado y respetuoso o podemos cruzar esa barrera sin consecuencias?

En el desván de la vida

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Cuántas cosas en desuso almacenamos en el desván de la vida. Y desde nuestra atalaya, cimentada a base de ensayo y error, miramos altivos todos nuestros tesoros, los que aún conservamos y los que dejamos marchar forzosa o libremente.

El caso es que la vida no perdona, no olvida, no regresa y nosotros, simples mortales, intentamos no caer de la rueda, por no perder el equilibrio, por no perder el ritmo, por no pisar la comba…y en ese ejercicio perenne a veces nos descalabramos y a veces no. Oiga, qué alegría cuando es que no.

Y cuando te preguntan y piensas antes de hablar, la respuesta puede llegar de mil maneras aunque ciertamente la más sensata sólo se escucha en el silencio. Todos los demás ruidos, salvo la música alegre y festiva, suelen ser desafinados y/o tóxicos para el espíritu.

Entro en mi pequeño desván y toso al remover lo que allí guardo y abro la ventana de par en par y dejo marchar los miedos y los fantasmillas.

Y grito fuerte y contenta: ¡ cuidado, que va! y empiezan a volar todos ellos, en caída limpia hacia nunca jamás y va entrando la luz y se van creando nuevos espacios y todo está mucho más diáfano. Por fin he hecho acopio de valor y me he desprendido de tanta inutilidad. Confieso que en el proceso de limpieza del pequeño desván, he perdido algunos tesorillos, como los pendientes de la abuela o aquél reloj azul que tanto me gustaba o  la conversación íntima que o bien se silenció por falta de tiempo o de valor o de ganas o sencillamente cayó en el cementerio del olvido.

¡Ah, pero también recuperas el primer beso, la plenitud de rodar en bicicleta en perfecto zigzagueo o aquella fiesta donde hicimos una fila enorme, entrelazados a la cintura y bailando al ritmo de los sones brasileños…!

Conservo muchas cosas para siempre en el desván de mi vida y no precisamente porque ya no tengan valor sino porque es el rincón de mi alma, el lugar seguro donde anidar, el sitio preferido para atesorar mis pequeñas reliquias, las que me hacen feliz, las que valen la pena, las que irán siempre conmigo.

Rompamos la leyenda negra de que en los desvanes sólo hay polvo y trastos viejos. En el mío al menos, sólo hay espacio, claridad y esperanza, aunque no digo yo que limpiar desvanes no sea un trabajo pero…cuando el trabajo está bien hecho ¡qué satisfacción!

La pregunta es:

¿ Cómo llevas tu propio desván?

Si no te apetece dar una respuesta sincera, puedes inventar la que más te guste y pintarla del color que quieras 🙂 Y ya sé que no es ni lunes ni jueves pero…la vida me lleva a capricho y el día de la semana sólo es el que es.

Dormir las ideas

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Cuando surge una idea hay que atraparla, acariciarla y dormirla al menos tres noches.

Así lo hace un buen amigo mío al que voy descubriendo con los años.

Me dijo la frase “dormir las ideas” y la frase me gustó.

Esto me llevó a pensar en las propias-las mías-, y reconozco que también duermen conmigo, ya no sé concretar si durante tres noches pero sé que hemos tenido más de una amanecida.

Supongo que todos hemos experimentado el golpetazo de alguna impresión-buena o mala-y que una vez reposada, la impresión se ha ido asentando. Pues eso.

Dormir las ideas tres noches…ahí lo dejo por si sirve de algo o aún mejor, a alguien 🙂

 

Cómo gestionamos el dolor

¿Cómo gestionamos el dolor? Distingamos entre dolor físico y moral y centrémonos en el dolor moral, el dolor espiritual o el dolor emocional, llamemosle como queramos.

Cada quien es cada cual y lo que está claro es que no podemos baremar el dolor ajeno según nuestra sensibilidad porque el dolor es personal e intransferible.

Mientras que unos se encierran en un mutismo absoluto, otros buscan el consuelo en la charla con un amigo; mientras que unos tienen la capacidad de zanjar un asunto amargo, darle carpetazo y no volver sobre él, otros rondan la dolorosa idea en círculos concentricos hasta el agotamiento.

El dolor es abstracto y cada quien tiene su propio umbral, para expresarlo podemos hablar de niveles pero en ningún caso es posible entender el dolor ajeno, de la misma manera que es difícilmente explicable el dolor personal.

Para resolver una situación dolorosa podemos emplear distintos recursos pero no es menos cierto que a veces sencillamente no hay recursos que aplicar y ahí es donde entra la consabida frase de que el tiempo lo cura todo.

Pues bien, todo esto lo escribo para afirmar que el tiempo no lo cura todo, obviamente mitiga el color, lo ensombrece, lo disipa y si queréis lo camufla, pero no desaparece, entre otras cosas, porque normalmente no curamos bien las heridas, bien por imposibilidad personal, bien porque necesitamos ayuda que no recibimos, bien porque no somos capaces de pedirla o porque una vez pedida se nos niega.

Quiera como sea, el tema está en que, visto lo visto y andado lo andado, no seré yo quien pueda calificar o despreciar el dolor ajeno.

La pregunta es:

¿Tú qué opinas?