El buen jefe

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Siempre he pensado que un jefe es o debe ser aquél que sabe más que tú del negocio, aquél que trabaja más que tú en función de su cargo, de su responsabilidad, de su compromiso con la empresa y del probado ejemplo que debe dar a sus subalternos a los que sólo podrá exigirles, con fuerza moral, aquello que él mismo cumple sobradamente.

En el mundo hay muchos tipos de jefes, tantos como personas hay, sin embargo suele haber un denominador común, un buen jefe es aquel que valora y respeta a sus empleados, y suele darse la circunstancia de que es el más trabajador de todos ellos, porque hace cabeza, porque lleva el timón, porque no puede tirar de las orejas a nadie si él mismo no va el primero.

Cuando alguien, un jefe, un superior, haciendo mal uso de su poder exige un cumplimiento que él mismo no respeta, no queda otra que ejercitar la paciencia. Porque en la realidad no hay recursos para defenderse de un abuso; lo cierto es que si te encuentras con un jefe abusador, chulo, prepotente, torpe, vago y endiosado, te lo comes con papas.

Afortunadamente la vida es larga y a cada uno pone en su sitio y si bien es cierto que hay malos jefes, también los hay buenos. Me quedo con estos últimos, personas consideradas, empáticas, con sentido de la justicia, con habilidades sociales y con capacidad de trabajo.

Estos jefes te dan igual o más trabajo, pero te hacen la vida más fácil y el ambiente de trabajo es cordial y distendido, con lo que el trabajo se hace amable.

Tener un buen jefe es un puntazo, de la misma manera que lo contrario es una desgracia.

La pregunta es: 

¿Eres muy desgraciado?

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Conciliación familiar, ese cuento

Erase una vez una jovencita que había crecido en el mismo hogar que dos espléndidos varones, que había estudiado a la par que ellos, que tenía grandes aspiraciones, ansias de volar, de ser independiente, lo que viene siendo una profesional en toda regla. Había invertido muchos años en su formación académica y quería recoger los frutos de tanto esfuerzo.

Considerando que ella era una sola persona, obviamente no podía tomar dos caminos diferentes a la vez.

El primer camino se le antojaba muy goloso. Una alta ejecutiva, en una empresa puntera, con dedicación absoluta, un sueldo magnifico, un despacho con vistas, disponibilidad siete días a la semana y la posibilidad de ascender y alcanzar puestos de confianza con los que siempre había soñado.

El segundo camino era también muy interesante pero no podría hacerlo compatible con el primero. Casaría, tendría hijos y les daría de mamar, los criaría y dejaría pasar unos espléndidos diez años antes de poder incorporarse al mundo laboral y para entonces ya sería “vieja”.

Había una tercera opción pero para ello, habría que implicar al gobierno de la nación. Tendrían que hacer realidad el eslogan de “conciliación familiar”.

Recibiría ayudas por cada hijo en cuantías que realmente fuesen sustanciales y no simbólicas; la baja por maternidad sería de un año o más-como en otros países europeos-, tendría guardería en su centro de trabajo; tendría movilidad de horario en atención a las necesidades familiares; por supuesto le reservarían su plaza en cada nuevo embarazo y desde luego su marido/pareja/compañero participaría tan activamente con ella en todas las tareas que se derivan de “fletar” un hogar y procrear unos hijos.

Y…en no siendo posible, por incompetencia nacional, la tercera y mejor opción, desgraciadamente, nuestra joven protagonista tendría que elegir entre la opción primera o la segunda, considerando que ésta última, dada la inestabilidad sentimental, podría dejarle tirada en la calle con una mano detrás y otra delante y unos cuantos churumbeles mocosos colgados de su falda…

Creo que hay que dejar de demonizar a la mujer por no priorizar la maternidad sobre todas las cosas, porque si bien es cierto que no hay nada más hermoso, no es menos cierto que para ser madre se tienen que dar ciertas circunstancias indispensables. Digo yo…

La pregunta es:

¿Me das una solución al problema real que padece la mujer para ser madre?

No sé trabajar mal

No sé de dónde me viene esto, quizás de la cuna.

Aquella machacona frase de Machado en boca de mi padre sin duda ha dejado huella: “despacito y buena letra, que hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”.

También habrá influido la larga retahíla de profesores y maestras que me inculcaron el amor al bien hacer, aunque a veces fuese a base de palos-en sentido figurado-

O el ejemplo prolongado, constante y sacrificado de mi madre con su afán por trabajar lo mejor posible…

El hecho cierto de ser del Opus Dei que tiene por bandera aquello de la “santificación por y en el trabajo” es otro bastión en mi vida.

En definitiva y por lo que quiera que sea, yo no sé trabajar mal, o mejor dicho, yo no puedo trabajar mal.

A veces, por la fatiga, por el exceso de trabajo y por la nefasta influencia en el alma española del Lazarillo de Tormes, siento la tentación de “hacerlo mal”, chapuzas que dirían Gotero y Otilio, pero !no puedo! A veces me esfuerzo…pero todo es en vano, mi conciencia me lo impide.

Distinto es que en mi vida laboral, a diario, muy a mi pesar, me equivoco, cometo fallos, errores, olvidos, despistes…cosas todas que tiñen de gris mi hacer diario. Pero eso es algo que no puedo evitar.

Lo último me ha dejado muerta. Busco en un armario un expediente. Lo vuelvo a buscar. Saco todos los expedientes y los reviso uno a uno pero no lo encuentro. Lloro mi pena a una de las fiscales con las que trabajo y pasada media mañana viene con el expediente en la mano.

-¿Es éste Luisa?

Para mi humillación, lo es. La única explicación que encuentro es la diferencia de edad. Ella es más joven, ve mejor…

Mucho me temo que en los años venideros este tipo de situaciones irán a más, el único consuelo que me queda es saber y sentir que no puedo trabajar mal.