Desde la planta de arriba

korotkaya-pritcha-babka-ded-i-sobaka

Escribo desde la planta de arriba de la casa unifamiliar donde batallan mis padres cada día.

El tiempo y la enfermedad hacen estragos en el cuerpo y  en cada jirón del alma y en ellos, la vejez se va aposentando con la misma naturalidad que el día persigue a la noche hasta completar la oscuridad.

Él está fuerte como un toro, o como dos, o como tres; ella no, ella está frágil como un gorrión recién salido del cascarón, o como dos, o como tres…

Aquí el tiempo se sucede de manera distinta, no es el ritmo al que estoy acostumbrada, concediendo que todo tiempo tiene un espacio común y sin embargo se mueve de distinta manera, de tal modo que pudiera ser un viento huracanado o una brisa juguetona o una calma chicha, según por quién y por dónde pase.

Mi madre está recibiendo una de sus clases de fisioterapia y rehabilitación en un intento desesperado por frenar lo inevitable.  Creo que esas clases le hacen bien y a la vez la agotan, pero sobre todo, espantan el tedio y la inmovilidad que puede ocasionar la quietud o el aburrimiento.

Mi padre andará metido en sus lecturas; es un hombre culto e instruido que a sus ochenta y dos años ha tenido que solicitar que le permitan “aparcar” la tesis doctoral en la que ha estado investigando el último año, porque ahora mismo su asignatura pendiente, su matricula de honor es ella, siempre ella, desde hace casi sesenta años ella, solo ella.

A mí me vais a perdonar el post autobiográfico pero, de uvas a peras, es bueno mirar hacia adentro, mirar alrededor, mirar a los demás, los protagonistas de mi personal película y dedicarles unas líneas.

En esta ocasión y en expresión taurina, va por ellos, mis padres.

Anuncios

Como el agua entre los dedos…

img-20161120-wa0001

Así se le escapaba la vida, como el agua entre los dedos, lentamente y sin remedio.

Ella sólo era consciente a medias, para consuelo de los suyos, sentía el pesar de los años y la embestida de la enfermedad pero el calor de su marido la arropaba en los días más fríos y cuando la noche llegaba, él estaba siempre ahí, a su lado, amable, enamorado, con el alma rota, como cada noche desde aquella primera vez a la que siguieron muchas lunas, no siempre de miel, porque la vida no da tregua, pero siempre juntos, que no hay mayor alegría que la del amor correspondido.

Ella se estaba yendo y lo hacía a la vista de aquellos ojos cansados que cada vez veían peor, que cada vez atisbaban más sombras a pesar de esa esperanza que siempre busca la luz. Ella, su amor, su mujer, su esposa, su compañera de camino, la que supo aguantar sus vientos, la que le consoló en tantos desconsuelos, con quien emprendió mil batallas, la madre de sus hijos, aquella morena, alta y guapa, su incondicional, su todo, su mitad, se le escapaba como agua entre los dedos y él no podía hacer nada.

Una lágrima surcó aquella cara de varón valiente y aguerrido, un caballero andante ya sin espada, ya sin cabalgadura, un hombre frente a su mujer a la que tanto amaba y que se le iba…

Mientras, ella le buscaba con insistencia y él la besaba con dulzura, ella le llamaba constantemente y él acudía a su llamada una y mil veces, cada día, ayudándole a caminar en lo que sin duda, era el último tramo de un camino frondoso, de espléndidos frutos y no pocas espinas.

Pudiera decirse que él gustaba la hiel de la viudedad, cruel y prematura puesto que ella se le estaba yendo,seguía allí, sí, pero sólo a ratos, cada vez más escasos…

Se adentraba en las profundidades de un mundo inexistente…pero indiscutiblemente auténtico en su mente. Y lo hacía con miedo a veces, otras tambaleante y siempre de su mano, siempre él, el hombre que la llevó a la luna y que conquistó los mares para ella, el hombre que la hizo feliz… el hombre que la hace feliz, que sigue acunando sus sueños y descubriéndole cada madrugada un nuevo amanecer.

Forjaron un amor sólido que cuajó y llegaron a multiplicarse y fueron fieles y todavía celebran el haberse conocido, todavía y siempre, y renuevan aquel sí que un día se intercambiaron y ahora, cuando cae la tarde, lo único que cuenta es el amor, lo único que queda es el amor, todo lo demás, la hojarasca, ha desaparecido para bien.

Ella se le escapa como agua entre los dedos y él la sujeta con firmeza y con ternura mientras le susurra al oído dulces palabras de amor.

Una lágrima triste y solitaria resbala por la mejilla de su amado…

De rodillas

Entro en la clínica universitaria de Pamplona, obra corporativa del Opus Dei.

Voy al encuentro de J.E., al que no conozco personalmente, pero es hermano de una amiga mía y esa es la razón que me impulsa a cruzar las puertas del hospital, preguntar por el número de habitación y finalmente entrar donde está J.E. que, lógicamente, se sorprende de que yo sepa quien es.

Casualmente y en ese instante le llama su hermana, mi amiga, por teléfono. Ella le dice y él me comenta:

-Dice mi hermana que estás loca. ¿Estás loca?

-Por supuesto que sí-sonrío mientras afirmo.

Hablamos un ratito, breve, no quiero cansarle. Me parece que siente dolor pero la conversación le distrae, así que apuro unas frases finales. Es un tío estupendo, encantador y muy guapo, su fe serena le hace especial. Le dejo un par de “encargos” para que rece y me marcho con su rostro en mi retina.

Conforme voy recorriendo el pasillo en dirección a la calle, pienso que estoy en un templo del dolor y que tendría que ir de rodillas, tal es el respeto que me produce.

No encuentro sentido al dolor y a la enfermedad más que desde los ojos de la fe, sólo a la luz de Cristo, sólo porque “estamos de paso y estamos en deuda”, sólo porque Jesús murió en una cruz para redimirnos. Sólo así entiendo que el dolor es un tesoro, amargo, que nos purifica y ayuda a corredimir “porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”

Me voy tocada, con el corazón encogido por el dolor porque nunca podemos ser ajenos al dolor del otro, me voy con la oración en los labios “Madre mía…”, me voy con un inmenso respeto, debería salir de rodillas. Me cruzo con otros enfermos mientras alcanzo la puerta y de alguna manera me siento culpable: ellos se quedan y yo me voy.

Qué misteriosa es la vida y qué insondable y qué breve es el tiempo para amar.

Andamos siempre regateando a Dios, jugando al despiste, huyendo como auténticos insensatos, dejando pasar las oportunidades que se nos presentan, a veces en forma de lectura, a veces por un encuentro casual, sea como sea, Dios pasa a nuestro lado, está en la belleza pero también está en las personas y en J.E y en el dolor. Ante este misterio me siento insignificante y creo que debo ir de rodillas y rezar más y quejarme menos y valorar tantas cosas fantásticas que la vida me ofrece…

Mientras vivimos nuestra personal existencia, Dios nos espera pacientemente y nuestros hermanos nos necesitan, a veces sólo como una fugaz visita, a veces como una sencilla oración…

De no ser por la rareza del hecho y porque nadie podría haberme entendido, yo, después de estar con J.E, habría salido del templo del dolor de rodillas.

Por supuesto que os pido que llevéis en vuestras oraciones a J.E. y si no tenéis costumbre de rezar, bien pudiera ser esta una buena ocasión para retomar aquellas oraciones que seguro aprendimos de labios de nuestros padres.

Absentismo laboral

No estoy muy de acuerdo con la RAE que define el absentismo laboral como : 1. m. Abstención deliberada de acudir al trabajo.

Sigo consultando el diccionario y busco “deliberado” : 1. adj. Voluntario, intencionado, hecho a propósito.

Y mi desacuerdo va en crescendo.

Cuando yo me ausento de mi trabajo por razón de enfermedad no es mi abstención deliberada, más bien es una ausencia forzosa impelida por la necesidad, pero en fin, no estoy para discutir con la RAE.

La media en España es de unos 10´7 días perdidos por trabajador. Que alguien, por favor, me explique el ´7.

El caso es que, para variar, no doy la talla puesto que mi absentismo laboral al año viene a ser de uno o dos días de ausencia, afortunadamente.

En cierta ocasión tuve que estar hospitalizada dos semanas en la planta de neumología, y ahí excedí la media.

Después he tenido los partos naturales pero esas bajas no son por enfermedad y además hacen un gran bien a la sociedad, así que no cuentan.

Y bueno, en otro momento de mi vida tuve que darme de baja por un problema en el hombro que me tuvo sin dormir diez días que pasé en un sillón de casa. Me ponía cojines en las piernas, uno encima de otro, hasta poder recostar la cabeza.

Pero salvo estos dos picos importantes, en 30 años de profesión, no soy mucho de faltar, no me gusta, estoy educada en la responsabilidad, cosas que se maman en casa. La figura de mi madre yendose a trabajar aunque estuviera enferma me espolea cuando me siento flaquear.

De todos modos y de vez en cuando caigo, pero nunca es mi intención voluntaria o deliberada. ¡Vamos hombre!

La pregunta es:

¿Eres de salud fuerte o enfermiza?

 

De mi madre aprendí

De mi madre he aprendido muchas cosas, entre otras, a no faltar a mi trabajo, ni siquiera estando enferma.

Recuerdo que le echábamos una regañina enorme cuando insistía en ir a trabajar estando enferma, le caía una filípica de aupa y ella cabezota.

-Que voy

-¿Pero mamá no entiendes que así no puedes ir?

-Que voy

Y se iba.

Anoche tenía 38´5, lo cual es una maravilla porque me regresa a mi más tierna infancia. Hacía décadas que no tenía esa temperatura… el caso es que hoy me voy a mi fiscalía de mis amores, que gracias a Dios me pilla a tan solo diez minutos de casa-eso es calidad de vida, señores.

No voy por las restricciones que nos quieren aplicar por día de baja, ni voy porque yo sea la más importante del sistema planetario, voy por un sentido de responsabilidad que aprendí de mi madre.

Anécdota de hospital

Había bajado a tomar café con otras compañeras pero cuando regresaron, alguien me dijo: “es que la han llamado del hospital y le han dicho que vaya urgentemente”

Me lo pensé dos minutos y me fui pitando-es un decir-en busca de mi amiga.

Su padre estaba ingresado y una llamada así, produce alarma y anima malos augurios.

Mientras yo iba hacia el hospital, ella llegó y se encontró a su padre tan flamante.

Creo que ahí fue cuando pudo respirar, pero la sorpresa de ambos fue grande:

-Niña¿qué haces aquí?

-Nada, que he venido a darte una vuelta y a hablar con el médico a ver qué me cuenta.

El médico le explicó que le iban a dar el alta y que en un par de horas tendrían listo el papeleo.

Mi amiga cogió su coche y regresó al Juzgado.

Yo llegué al hospital y la llamé al movil para saber dónde estaba. Como me rechazó la llamada, aún me puse más pálida. Y empecé a subir escaleras y a mirar en pasillos, a preguntar en centralita-imposible,una cola como la del paro-

De pronto sonó mi móvil-una llamada del Juzgado-

-¿Se puede saber qué haces en el hospital?-dijo mi amiga y compañera.

-¿Se puede saber dónde estás tú?

-¿Yo? En el Juzgado.

Volví a mis papeles, a mi trono sin reino ni corona, y me explicó que le habían dado un susto de muerte-se entiende lo de muerte-

Nos reímos un rato y nos dio tiempo a pensar en esa persona sensible, oportuna, humana y delicada que casi le provoca un infarto.

Me quedo con ganas de localizar a “Mis me pongo en el lugar del otro” y explicarle algunas cosillas pero renuncio.

Tarde o temprano todos somos objeto de ternuras por cortesía del sistema.

Un día le  llegará su turno y quizás entonces…