El grito de Venezuela

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Venezuela llora, Venezuela grita, padece hambre e injusticia y sobrevive al terror de una dictadura.

El pueblo venezolano está sufriendo y “les están matando”según relato de los propios venezolanos.

Es un horror contemplar lo que está pasando, cómo  Maduro desgobierna y aplasta a su propio pueblo. Un hombre sin escrúpulos y a lo que se ve, sin cerebro, que vive al margen de la ley, al margen de la democracia y que encarcela a quienes levantan la voz como un solo grito de libertad y plantan cara y se resisten con enorme valentía a riesgo de su propia vida. Así están las cosas.

Y mientras, el mundo mira hacia Venezuela y piensa, dónde está la presión internacional, dónde la ayuda urgente e inmediata, la ayuda contundente y efectiva que necesitan los venezolanos.

Venezuela llora y también lloro yo al contemplar el horror que sufre nuestro pueblo hermano.

Supongo, espero, deseo, rezo para que cada día que pase estén un paso más cerca de alcanzar la libertad y de vivir en paz y recuperarse en su devastada economía.

Quiero expresar mi total repugnancia al régimen de Maduro y a todos aquellos partidos políticos que expresamente no denuncian publicamente tan descomunal injusticia y el brutal atropello a los más elementales derechos del ser humano.

Venezuela llora y grita al mundo “que les están matando”…y a mi se me parte el alma.

 

 

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¿Para qué sirve la cárcel?

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El reo cumple condena como castigo por los delitos cometidos y, supuestamente, uno de los objetivos carcelarios es reinsertar al encarcelado para que pueda incorporarse a la sociedad como un ciudadano más pero…hay un pero como el tamaño de una catedral, un pero incontenible y brutal que es la estigmatización con que queda marcada esa persona de por vida.

Tendrá muchas, muchísimas dificultades para encontrar trabajo, para encontrar vivienda, para no ser señalado, observado, criticado y sobre todo, para no estar siempre enjuiciado por el más feroz de los jueces: el pueblo.

Al duro hecho de ser privado de libertad hay que añadirle esa estigmatización despiadada, inmisericorde, cotilla y perenne.

No parece justo. No seré yo quien diga de “este agua no beberé”, ni seré quien piense “que soy mejor que nadie”, ni creo estar libre de poder cometer alguna tropelía que pudiera tener consecuencias, ya sea jurídicas, ya sea sociales. No soy un mirlo blanco aunque remo en esa dirección, pero quién me dice que estoy libre de tempestades…

A lo que voy es, que no podemos ser tan hipócritas como para defender a voz en grito que las cárceles reinsertan a los presos y después, una vez el preso pisa de nuevo la calle, marginarlo y, para el caso de que el delincuente sea “famoso”, gastar ríos de tinta para enumerar una y otra vez, una y otra vez, los delitos que cometió el “desgraciado” en cuestión.

La pregunta es:

¿realmente estamos capacitados y dispuestos a dar segundas oportunidades a quienes han delinquido?

Cuando Isidra desarrolló la tolerancia cero…

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Cuando Isidra cumplió los cincuenta tomó la decisión de no callar cada vez que se cometiese una tropelía a su alrededor.

Tomó como algo personal las impertinencias de quienes se consideraban con derecho a llamarle la atención vía reproches y decidió que hasta aquí llegaban las aguas al río.

Pensó que vivir de llevarle las cuentas a los demás era harto cansino y triste, gente pendiente de lo que piensa la gente, gente reclamando derechos de atención a otra gente, gente echando en cara lo que hace o deja de hacer la gente…y todos con derecho a opinar, a juzgar, a corregir…

Lo cierto es que Isidra estaba hasta la coronilla de los bienintencionados metomentodos que no entendían el significado de la humildad, incapaces de asumir sus propios errores, ciegos para sus defectos y linces para defectos ajenos.

Y ella, que ya peinaba canas, pensó que iba a corregir el rumbo de quien se le torciese en el camino, lo haría con educación, con cariño incluso, con suavidad, pero con firmeza.

Isidra tenía una edad dónde ni los hijos ni los padres tienen nada que cuestionarle, una edad absolutamente plena como para decidir, una edad aventajada para saborear la madurez y actuar con libertad, sin corsés, sin muros de contención.

Como siempre, la buena de Isidra aceptaba de buena gana todo aquello que pudieran decirle si es que se lo decían oportunamente, pero para lo demás, estaba desarrollando tolerancia cero.

Tolerancia cero para los controladores de vidas ajenas, para los analistas de vidas ajenas, para los criticones de vidas ajenas…vamos, lo que viene siendo tolerancia cero para impertinentes y metomentodos.

Cuando Isidra notó esa fuerza vital que le empujaba a vivir su propia vida, consultó con los expertos que estudian las intolerancias y quedó tranquila y satisfecha cuando le confirmaron por diestra y siniestra que esa intolerancia lejos de ser mala, era buena, muy buena.

¿Tú qué dices?

 

Aviso para navegantes

Este blog es mi espacio, el sitio de mi recreo, donde doy cauce a las emociones personales o nacionales, donde todas aquellas personas que me rodean “pueden ser susceptibles de ser publicadas”.

Creo que tengo derecho a pensar y expresar aquello que me de la gana, siempre y cuando lo haga con respeto y en la medida de lo posible, con caridad. La claridad es obvia.

Y digo esto porque pudiera ser que alguien se sintiese molesto por lo que aquí leyese.

Hay dos caminos:uno, sería no volver por aquí; otro, más lógico desde mi punto de vista, rebatir mis argumentos.

Me causaría pesar que alguien pudiese sentirse dolido por algo que haya escrito en MIC, esto sólo podría ocurrir entre personas que me conozcan, porque si no, sencillamente les traería al pairo.

Podrían sentirse dolidas porque lo que yo digo aquí no fuese cierto-no es el caso-, o precisamente por lo contrario, a veces la verdad escuece.

Quien me conozca, sabe bien que soy impulsiva, sensible y vehemente. Así me parieron. También sabe que no hay doblez en mí, que no busco herir. Nunca. Pero si a pesar de todo esto, alguien se hubiese sentido herido, agradecería la oportunidad de poder hablarlo. No me importaría pedir perdón, si fuese menester, incluso aunque no hubiese obrado mal, pero sí por el hecho de haber causado malestar aún sin pretenderlo.

En cualquier caso, este blog es mi espacio, el sitio de mi recreo, el lugar donde doy cauce a mis emociones; a veces soy mordaz, a veces tierna, a veces inflexible. De todo hay y todo lo admito, todo, excepto que se me niegue la posibilidad de hablar o de escribir aquello que libremente me apetezca escribir por la razón que sea.

La pregunta es:

¿Debo auto-censurarme y no escribir ciertas cosas porque pudieran no gustar a alguien de mi entorno?

La libertad de enseñanza es un derecho

No se pueden conculcar los derechos de los ciudadanos, no pueden suprimirse las opciones con distinta metodología de los centros escolares que vienen desarrollando su trabajo desde tiempo incontable.

No puede despreciarse la demanda social.

Los partidos políticos-todos-tienen que trabajar para mejorar la Sociedad, para facilitar oportunidades a todos los hombres, para mejorar la economía del país, para sanear sus filas infectas de babosas y chupa sangres.

Los partidos políticos-todos-tienen que garantizar, que una vez en el Gobierno, van a defender los derechos de las personas y van a proteger el sistema de enseñanza educativo que de una vez por todas, debe quedar al margen de los colores que distintas siglas abanderan, para buscar un consenso definitivo y que dé estabilidad y calidad a la maltratada enseñanza española-ahí tenemos estadisticas y resultados del fracaso escolar-

Pero sobre todo, lo que un Gobierno tiene que asegurar es el derecho de los padres a elegir la educación que consideran mejor para sus hijos. En una sociedad plural, la uniformidad tiene cierto tufo a tiempos ancestrales y a tendencias dictatoriales.

Además, como madre que ha elegido el colegio que ha considerado mejor para sus hijos, me he visto penalizada teniendo que asumir una carga económica por partida doble: el impuesto que pago para la partida “educación” y el pago de un colegio privado cien por cien por la cerrazón y el sectarismo de una Junta de Andalucía que se ha negado a concertar este colegio. Obviamente por razón de ideología.

La enseñanza no tiene que ser ni pública ni privada, sino de calidad, pero en cualquier caso, la elección del centro escolar debe ser libre y “papá estado” lo que tiene que procurar es que nadie conculque mis derechos de madre y ciudadana que paga sus impuestos y que contribuye al  bien común con su trabajo y los hijos que he traído al mundo y que heredarán mi tierra.

París, un ejemplo: Je suis Charlie

Multitudinaria respuesta

París ayer se quedó pequeña tal fue la afluencia de personas que salieron a las calles para defender la libertad y protestar contra el terror sin sentido de unos fanáticos.

Mi corazón y mi pensamiento también estuvieron ayer en la capital francesa, me sentí de allí, olvidé las rencillas ancestrales que han alejado siempre a España del país vecino y me hice francesa por un día.

Tras el horror de un atentado siempre queda la esperanza de la unidad de las gentes de bien, como así se pudo ver ayer. Para mí esta imagen es una de las imágenes del año, sin duda.

Me quito el sombrero ante los franceses-y ahora hablo de sus políticos-que más allá de sus intereses partidistas, supieron dejarlos de lado y mostrarse firmemente unidos por lo que es una causa común. Como debe ser. A ver si aquí tomamos nota…