
Decía San Josemaría que si no podemos hablar bien de alguien mejor nos callamos.
Por eso, de hecho, que yo recuerde, salvo alguna barbaridad de alcance nacional o internacional, que por ser pública, da derecho a ser criticada, nunca he hablado mal de nadie en este blog.
He denunciado actitudes impresentables. He dicho el pecado, no el pecador.
A veces los protagonistas han sido del gremio que más me afecta, y otras me han inspirado personas completamente ánonimas.
Cuando he denunciado algo lo he hecho con la finalidad de criticar el hecho, no a la persona.
Por ejemplo, si una chica aborta, el hecho de abortar es repudiable, es criticable, es objeto de comentarios. Lo que no sería lícito ni cristiano es juzgar, condenar o lapidar a la chica que aborta.
Si un ministro toma una medida equivocada y a todas luces dañina para el saneamiento de la economía española, pasaremos a criticar su medida y todas sus decisiones.
No deberemos sin embargo, condenarle a los infiernos, porque quizás un día descubramos que somos más miserables que él.
Si un médico de prestigio decide abiertamente aplicar la eutanasia y hacer apología de la misma, diremos con nombres y apellidos que está practicando un crímen. Y estaremos en nuestro derecho.
No tengo derecho sin embargo, por mucha libertad de expresión que nos quieran vender, a difamar a nadie por aquello de que siempre que difamas algo queda.
La diferencia entre difamar y exponer hechos creo que es obvia y me abstengo de profundizar más en el tema.
En el ministerio de justicia a día de hoy, hay mucho clasismo y muchas veces los que estamos más abajo, recibimos tratos desconsiderados y déspotas.
Sin duda alguna muchos piensan que por ser más a nivel profesional, son mejores y tienen más derechos y merecen un trato casi reverencial. Y yo denuncio esto y mi pregunta es: ¿Estoy faltando a la caridad?
Un ejemplo:
Estamos el fiscal, el juez, el secretario y yo.
Llega el forense, que en su calidad de médico, pasa a ser de un estatus superior, por supuesto.
El secretario toma la palabra y le dice: Te presento al fiscal, te presento al juez y bueno, a mí ya me conoces. Y todos ellos se ponen a hablar entre sí.
Yo, allí presente, me ví ampliamente ignorada y pensé con guasa para mis adentros: “y yo soy la tramitadora de mierda sin la que no se podrá celebrar la vista”.
No. No creo que San Josemaría se refiriese en su punto de Camino a que callemos todos los atropellos que sufrimos.
Más bien, debía referirse a que en la vida diaria no debemos andar cotilleando los unos de los otros:
“¿Sabes? Carmen es una marrana porque… ¿Sabes?Me han dicho que Lucía se la pega al marido. ¿Sabes? Luisito se dedica a robar al fisco, que lo se de buena tinta. ¿Sabes? Mi cuñada es imbécil y no la soporto porque no pega un palo al agua…”
Criticar hechos dañinos, actuaciones injustas, abusos de poder, engreimientos que pisotean las dignidades de los inferiores en el orden laboral, a mí no me parece falta de caridad.
Tomo ejemplos de la vida diaria y cuento aquello que me llama la atención porque realmente está fuera de lugar.
Si alguien puede argumentarme que he caído en lo más bajo en mi post anterior, por favor, que me lo haga saber, que siempre cabe la posibilidad de que yo esté equivocada. Por supuesto.
*Dedicado a la persona en cuyo comentario me he inspirado y que me merece un enorme respeto, aunque ya se ve que no siempre estamos de acuerdo.