Historia de una niña preciosa

 

pinturas niñas en mar

Lucía era una niña preciosa, morena, de ojos grandes y expresivos y con una sonrisa conmovedora, era sobre todo una niña dulce y buena, de especial sensibilidad, siempre deseosa de agradar, siempre presta a querer.

Conforme los años le fueron alcanzando, su niñez se transformó en una suerte de juventud como suelen serlo todas, contradictoria; había una lucha interna absolutamente necesaria para dejarse crecer y en esa huida hacia adelante siguió conservando su dulzura pero descubrió las espinas de las rosas y se hizo una herida tan  profunda, que ni curada, ni sanada, ni desinfectada. Herida que sigue recibiendo golpes y por esa sólo razón no deja de sangrar.

Quienes la conocen bien saben el porqué de sus lágrimas, la causa de sus angustias, la  raíz de sus males, razones más que suficientes para haberse venido abajo sin retorno de no ser por su fuerza interior, aunque ella piensa que es débil.

Es una buena hija y una buena madre, y aunque el cielo se desmorone ella es de esas personas que cada día se levantan para combatir la vida, no tanto por la vida en sí, sino por los estúpidos obstáculos, a veces mal intencionados y otras sencillamente absurdos, con los que tiene que bregar y lo que te rondaré morena.

¿Y eso por qué? posiblemente por una deformación de lo que está bien y mal, por falta de generosidad de quienes la necesitan y le exigen sin valorar sus posibilidades, sus necesidades, sus dificultades, que si los hijos, que si el trabajo, que si una enfermedad, que si el paro, etc

Y ahí la tenemos, invencible, luchadora, con el alma destrozada, con los nervios a flor de piel, agotada y hundida.

Yo que la conozco sé que no hay derecho, nadie tiene derecho a hacer daño a nadie y menos a quien da todo lo que tiene y todo lo que puede, y a pesar de eso, lejos de compartir mi criterio, me la siguen vapuleando, me la siguen zahiriendo y me la siguen maltratando, por supuesto sin ánimo de herir, ni de vapulear, ni de maltratar, en el convencimiento de llevar razón  y tener derecho,cuando, sencillamente no es así.

Pues le pido al Apóstol Santiago que saque su espada por mí, entiéndase, que le eche un cable, que ponga las cosas en su sitio, y en todo caso y si todo lo anterior fuese imposible, que le meta en su cabecita dolorida esta idea: tú, preciosa, no has hecho nada mal, nada en el sentido de todo lo que aquí se ha escrito y tú y yo estamos pensando.

Quédate tranquila, pasa el duelo y ponte las pilas, cuídate, curate y cuando estés lista, sólo cuando estés lista, vuelve si es que quieres volver, si es que puedes volver. Te quiero.

De menos a más

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De menos a más es lo óptimo.

Cuando vamos de menos a más, normalmente vamos bien; excepciones hay, claro, como de menos dolor a un dolor mayor, o de menos hambre a un hambre mortal. Entiéndase.

Hablo de ir de menos a más, una ascensión pausada, constante, equilibrada, que supone un esfuerzo pero que se hace llevadero precisamente por esa progresión positiva.

Lo contrario, ir de más a menos, de mucho a poco, o de todo a nada, es lo que viene siendo un fiasco, un desastre, un descalabro, un batacazo y en definitiva, un desorden de lo que debería ser.

A veces estos descensos que finalizan en topetazo son por nuestra mala cabeza, pero no siempre. Otras muchas el mérito es exclusivo de personajes histriónicos que prometen la luna y luego te cobran el cucurucho helado.

Digamos simples, no digamos tontos, para referirnos a quienes todavía creen que alguien les va a alcanzar la luna.

En fin, que si alguno de ustedes está intentando alguna progresión, objetivo personal o profesional a alcanzar, les animo a que vayan de menos a más y desconfien de quienes regalan la luna… 🙂

La pregunta es:

¿ Andas en algún tipo de ascensión o estás sentado en la cima como nuestro amigo de la imagen?

Obsesiones de un hombre enfermo

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Corría por el barrio la leyenda sin confirmar de que Andrés era un hombre enfermo, esclavizado por sus múltiples obsesiones.

Dicen las malas lenguas que tuvo un amor que le mató y desde entonces nunca volvió a ser el mismo, pero yo he estado con él y he podido acariciar su alma y he podido desmontar las patrañas que van de boca en boca en el pueblo, hablando cosas inciertas sobre Andrés.

Cierto es que tiene fijación por una idea, la idea de volver a verla, de volver a rendirse a sus abrazos, la insistente, dolorosa y permanente idea de volver en el tiempo y   encontrarse con ella, su único amor. Desde que ella desapareció, él vagó como un pobre loco buscándola cada atardecer, amaneciendo con la sola esperanza de poder encontrarla.

La mujer que le hizo esto, según se cuenta, era tan bella como perversa, tan atractiva y sensual como mentirosa y pérfida y …Andrés quedó atrapado en su tela de araña.

Pero Andrés tiene sus razones para callar y él calla la verdadera historia, lo que queda oculto a la curiosidad de una gente cotilla que carece de sensibilidad para darle la mano a un hombre que sufre y así, mientras la vida pasa, los años pesan y todos envejecen, Andrés sigue recordándola con amor y pasión porque nunca antes ni después su corazón se había sentido más vivo.

La obsesión de éste hombre enfermo bien pudiera custodiar una terrible verdad…quizás algún día me deje contar toda su historia, la historia que desmiente su debilidad.

La pregunta es:

¿Somos obsesivos por naturaleza los mortales?¿O no, o qué?

De camino al Camino

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Lo mejor de los acontecimientos son los preparativos que los preceden y en este caso, hablamos de veintitres personas, mujeres todas, menos él, entrelazadas por esas cosas del destino.

Veintidós compañeras de colegio, algunas amigas, todas hermanadas por el azar, la vida, el universo. Ellas y él, que se une valientemente al proyecto porque ya lo tenía planeado con su esposa y no quería quedarse atrás.

Pues hala, vamos, y vamos haciendo, comprando equipamiento peregrino, comentando y recordando consejos anti ampollas y otros chinches del camino, y nos vamos riendo, la ilusión flota en el grupo del whatsapp que a veces arde, a veces se silencia para volver a erupciones como un vocal en forma de incontinencia verbal y alegría.

Finalmente llega el día uno y nos encontramos todas-permitidme usar el genérico, sobre todo porque él me lo permite-procedentes de distintos destinos y convergentes en el punto de inicio: Sarria. De ahí partimos, madrugadoras, dicharacheras, bien desayunadas y con ganas de pasarlo bien, de estar juntas, de andar, de hacer el camino.

Y vamos dando pasos que nos van acercando a la primera meta, y después a la siguiente y a la siguiente y a la siguiente y allí está, el Monte del Gozo, cámaras de fotos, risas, abrazos, y la vista a lo lejos, allí, muy próxima pese a que quedan unos kilómetros, se alza majestuosa la Catedral de Santiago. El Apóstol nos espera y nosotras bajamos cantando, con prisa, con energías renovadas.

“Somos niñas del Monaita, venimos de peregrinas, hemos hecho muchas millas, aúpa, pero seguimos divinas. Lo que nosotras queremos es darle un abrazo al Santo, que nos de su bendición, para volver otro año”-Canción con musiquilla de todas conocida y letra adaptada en cero coma por la chispa del grupo para tan magno y monaiteril evento.

Y así, cantando, hicimos nuestra entrada en la Plaza del Obradoiro donde terminamos abrazándonos, besándonos y felicitándonos por haber cumplido un sueño que durante meses había sido objeto de ilusión y divertimento.

Entre aplausos de los presentes y las lágrimas de satisfacción de las más sensibles, nos hicieron la foto que veis arriba.

¿Qué decir? Una semana de convivencia da para muchos ratos, algunas confidencias, pequeños desencuentros sin importancia pero sobre todo, da para mucho buen rollo entre personas que se quieren, porque nos queremos mucho, porque seguimos unidas a pesar del tiempo y la distancia y porque ser monaitera, mola, de hecho si no fuera por aquello, hoy no estaríamos ahí 🙂

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”

Lo otro, los silencios, el recogimiento, la oración encendida, la súplica, el abrazo al Apóstol, la confesión sacramental, la santa misa y la petición intima, queda para cada una de nosotras, peregrinas monaiteras, como tesoro escondido en nuestros corazones, que aman y se conmueven ante un mundo necesitado de humanidad y de Amor.

Gracias queridas todas, gracias Nono por tu capacidad de resistencia ante 22 locas del camino, ha sido un placer inmenso compartir esta aventura con vosotras-genérico, no se me amosquen jejeje-

Y así termina un viaje que deja la puerta abierta…

 

Afortunadamente no creo en los curas

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Si partimos de la base de que la fe es una razón sobrenatural, algo que escapa a la pura humanidad, obviamente mi afirmación es lógica. Fundamentar nuestras creencias en don fulano o don zutano o en Pepe o Manolo, no me parece ni serio.

Afortunadamente no creo en los curas, es más, creo que se les debería exigir calidad y concentración en sus homilías. Una charla cristiana que no se extienda en el tiempo, algo concreto que aplicar a la vida diaria, un mini discurso animante y motivador. Así entiendo yo las homilías. Otra cosa es cómo las entienden ellos, los curas, los sacerdotes, palabra que me gusta más.

A lo que voy: hoy, misa dominical, la iglesia llena, afluencia de público variopinto, delante mía una familia a la que conozco con sus tres hijos…me fijo en el sacerdote, al que no conozco porque no es una iglesia que yo frecuente, le miro y pienso “buena pinta tiene, seguro que habla bien”. Después de escucharle me sonrío y pienso cuánto puedo llegar a equivocarme…

La homilía no ha sido larga pero su mensaje no ha podido ser más desalentador, nos ha caído la del pulpo-yo con éste cura no me confesaría…-y finalmente ha concluido diciendo que no tenemos fe, ni sabemos lo que es el amor, ni nos amamos, ni tenemos esperanza. En fin, un dechado de positividad. Menos mal que ni por esas me ha arrebatado mi alegría dominguera.

Cuando me topo con pláticas de éste estilo me consuela pensar que la gente no esté prestando mucha atención, sobre todo los niños. ¡Con lo bonita que es la palabra de Dios! Nada, nada, a examen oiga, y que se lo haga mirar más de uno, que más que cuidar ovejas parece que quieran descarriarlas. Por eso, insisto, la fe, mi fe no depende del cura Pepe o de Manolo.

Lo peor es que lo mismo el buen hombre, con la mejor de sus intenciones, incluso se ha preparado la charleta, no quiero ser irrespetuosa pero es como esas personas que van vestidas espantosamente, están horrorosas y obviamente han ido primero a comprar esa ropa, luego se han visto guapos y finalmente han salido a compartir con la humanidad su estilismo. Pues eso, que afortunadamente no creo en los curas.

En el desván de la vida

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Cuántas cosas en desuso almacenamos en el desván de la vida. Y desde nuestra atalaya, cimentada a base de ensayo y error, miramos altivos todos nuestros tesoros, los que aún conservamos y los que dejamos marchar forzosa o libremente.

El caso es que la vida no perdona, no olvida, no regresa y nosotros, simples mortales, intentamos no caer de la rueda, por no perder el equilibrio, por no perder el ritmo, por no pisar la comba…y en ese ejercicio perenne a veces nos descalabramos y a veces no. Oiga, qué alegría cuando es que no.

Y cuando te preguntan y piensas antes de hablar, la respuesta puede llegar de mil maneras aunque ciertamente la más sensata sólo se escucha en el silencio. Todos los demás ruidos, salvo la música alegre y festiva, suelen ser desafinados y/o tóxicos para el espíritu.

Entro en mi pequeño desván y toso al remover lo que allí guardo y abro la ventana de par en par y dejo marchar los miedos y los fantasmillas.

Y grito fuerte y contenta: ¡ cuidado, que va! y empiezan a volar todos ellos, en caída limpia hacia nunca jamás y va entrando la luz y se van creando nuevos espacios y todo está mucho más diáfano. Por fin he hecho acopio de valor y me he desprendido de tanta inutilidad. Confieso que en el proceso de limpieza del pequeño desván, he perdido algunos tesorillos, como los pendientes de la abuela o aquél reloj azul que tanto me gustaba o  la conversación íntima que o bien se silenció por falta de tiempo o de valor o de ganas o sencillamente cayó en el cementerio del olvido.

¡Ah, pero también recuperas el primer beso, la plenitud de rodar en bicicleta en perfecto zigzagueo o aquella fiesta donde hicimos una fila enorme, entrelazados a la cintura y bailando al ritmo de los sones brasileños…!

Conservo muchas cosas para siempre en el desván de mi vida y no precisamente porque ya no tengan valor sino porque es el rincón de mi alma, el lugar seguro donde anidar, el sitio preferido para atesorar mis pequeñas reliquias, las que me hacen feliz, las que valen la pena, las que irán siempre conmigo.

Rompamos la leyenda negra de que en los desvanes sólo hay polvo y trastos viejos. En el mío al menos, sólo hay espacio, claridad y esperanza, aunque no digo yo que limpiar desvanes no sea un trabajo pero…cuando el trabajo está bien hecho ¡qué satisfacción!

La pregunta es:

¿ Cómo llevas tu propio desván?

Si no te apetece dar una respuesta sincera, puedes inventar la que más te guste y pintarla del color que quieras 🙂 Y ya sé que no es ni lunes ni jueves pero…la vida me lleva a capricho y el día de la semana sólo es el que es.